Mechas, la llamábamos por ser su nombre Mercedes y ser una chica alta, desgarbada y con una melena de hermosos risos que le cubrían los hombros y le bajaban hasta la cintura. Estudiaba Filosofía en la Universidad, era practicante en las aulas y le faltaba poco para terminar su trabajo de grado. Aspiraba a una graduación por todo lo alto para congratular a su mamá. Ella se lo merecía, pues había educado a sus seis hijos con mucho esfuerzo. Su madre era incansable, dedicada, sacrificada, que nunca más quiso rehacer su vida de pareja porque no le quedaba tiempo para eso, sus hijos eran más importantes. Además de pensar que no tenía sentido inmiscuirse sentimentalmente con otro hombre y correr el riesgo que le dejara otro hijo. En una época que no se habían popularizado los métodos anticonceptivos. Entonces, decidió continuar su vida sin padre para sus hijos, las cosas estaban mejor así.

Mechas era la última de sus hermanos, todos ellos educados con mucho esfuerzo, pero ella hacía lo propio, había sido dedicada y estaba lista para la graduación en junio de aquel aciago año. Ella de pocos amigos, carácter serio, casi taciturno, cumplía los horarios de clase en la universidad. A veces se quedaba a una que otra disertación juvenil y de momento coyuntural en la U. Pero no era más. De costumbres sanas, como hacer deporte en horas de la mañana y luego dedicarse a las lecturas recomendadas en el pensum académico o las de su gusto. Se preocupaba por su esbelta figura, ya que gozaba de una excelente morfología atlética, con más o menos 1.78 de estatura y unos hermosos risos que le adornaban la cabellera larga y que el viento desorganizaba de tanto en tanto y la dejaba en apuros, con una amplia sonrisa de blanco y parejos dientes que le acompañaban su agradable rostro.

Desde hacía más o menos un año estaba exclusivamente dedicada a la lectura de los textos medievales para su trabajo de grado. Su director de tesis era un hombre experto en el tema, Jean Paul Margoth, le llamaban el profe, de origen francés. Ella trataba de cumplir con todas las recomendaciones que él le hacía para sacar adelante su tesis de grado. Se alegraba al pensar que su grado sería en junio.

Desde hacía más o menos un año estaba exclusivamente dedicada a la lectura de los textos medievales para su trabajo de grado.

Sus años en la Universidad habían transcurrido sin dificultad, muy contenta, se aterraba al pensar que ya casi estaba por terminar y que en realidad el tiempo fue poco. Aspiraba a no quedarse mucho tiempo allí, como hacen otros estudiantes, que se van quedando rezagados, año tras año, y así fácilmente cumplían veinte años esperando graduarse. En el argot de universidad, les llamaban los “dinosaurios”, aquellos que buscaban pretextos para no graduarse y salir a la calle a ver cómo sobrevivir, pues la carrera, en verdad se definía ya en la “carrera para ganarse la vida”, ese era el chiste. Muchos no querían enfrentarse a esto y se demoraban y hacían la parsimonia, hasta que las directivas de la Universidad un buen día lanzaron una amnistia para que aquellos dinosaurios se graduaran y así al fin abandonaran los predios universitarios y permitieran cupo a otros chicos.

Por eso Mechas le hacía fuerte a su trabajo de escritura, muy juiciosa y de vez en cuando se dedicaba a la “conversa” o el “canelazo de los viernes en las tardes”, sentados a la orilla del lago, viendo los gansos nadar, mientras tomaba el licor con canela de moda. Se hacía acompañar de poemas de Neruda, Lorca, Julio Flores, Baudelaire, y su escritor favorito, Borges. De eso se hablaba.

Mechas, Nora Luz Ospina Gómez. HaciaelNorte.CO
Imagen: https://pixabay.com/es

Una semana -durante el mes enero del 1991- había sido contactada por una chica, compañera de la secundaria, quien la había llamado para decirle que se vieran el lunes o martes siguiente. Que le urgía hablarle, pues ella tenía una gran dificultad o dilema que no sabía cómo resolver, y quería que ella la escuchara y aconsejara, ya que habían sido buenas amigas en la secundaria. Mechas alcanzó a comentar sobre esa extraña llamada, pero su amiga, todavía no había confirmado nada, sólo se sabía que no había seguido estudiando, sino que se dedicó a trabajar en una casa de familia como institutriz. Pero ya hacía más de cinco años que no sabía de ella.

Transcurría el mes de enero de 1991 y Mechas estaba pendiente de encontrarse con su vieja compañera el martes, pero luego recibió otra llamada donde su amiga de secundaria le dijo que ese día no, que sería posible a la mañana del día miércoles 24, y que se podían ver en las afueras de la gobernación. Así acordaron, y Mechas se fue al lugar indicado y esperó hasta que, a eso de las tres de la tarde, después de casi una hora, apareció su afligida amiga. Y estaban conversando algo, cuando dos hombres se le acercaron y las hicieron subir a un taxi. Varios testigos así lo afirman.

El dolor de la desaparición forzada es más duro que la muerte misma, ya que el duelo por la pérdida se ve un poco consolada por saber que se llevó a su pariente hasta la última morada

Nunca más se supo de Mechas y su amiga.

En la campaña que se emprendió en su búsqueda, figura la visita a varios pueblos vecinos, al hospital, a la morgue a todas partes y nada. A Mechas era como si se la hubiera tragado la tierra. La familia de la amiga no colaboró, nada decían, no hablaban.

El fiscal encargado de la investigación guardaba silencio, pero al menos alcanzó a contar que según lo que habían averiguado, la chica aquella, quien puso la cita a Mechas en la gobernación, trabajaba con una familia donde al parecer el jefe del hogar se dedicaba al negocio del tráfico ilegal de drogas. Y esta chica, ya sea por imposiciones de él o porque así lo quiso, empezó a tener amoríos con éste, y quedó embarazada. Cuando ella llamó a Mechas era para contarle esto. Pero no alcanzó porque las desaparecieron. Según la juez encargada de la investigación que nunca llegó al final, las recogieron porque le iban a hacer un aborto a esa chica, y seguro algo se complicó y de una vez las desaparecieron a las dos, o mejor, a los tres.

El caso de la desaparición forzada de Mechas. Nunca hubo quien continuara con esta investigación, ya que la juez a la que correspondía el caso tomó las cosas con una parsimonia insultante ante el dolor de la familia y de su mamá, quien murió en espera de ver que apareciera y soñaba con ver a su hija graduada.

El dolor de la desaparición forzada es más duro que la muerte misma, ya que el duelo por la pérdida se ve un poco consolada por saber que se llevó a su pariente hasta la última morada, pero el no saber nada de alguien en tanto tiempo, deja el alma en suspenso, deja el alma en un limbo, porque nunca se hace el duelo de la pérdida. No hay un cuerpo que llevar a despedir. Ese es el dolor más grande, y se une a una gran impotencia, aquella de saber que las leyes en Colombia son para los de ruana, y la justicia para quien pueda pagar por ella, la familia de Mechas no tuvo cómo pagar para que se hiciera justicia o al menos se supiera la verdad.

Réquiem por su memoria.

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Nora Luz Ospina Gómez
Licenciada en filosofía de la Universidad del Valle. Especialista en Ética y Pedagogía, Universidad Juan de Castellanos. Docente de la Institución Educativa Escuela Normal Superior Nuestra Señora de las Mercedes. Inquieta por la búsqueda de nueva información, en especial interés en consultas sobre los impactos ambientales, política nacional, economía globalalizante y temas de actualidad. Mis ratos libres se recrean en la escritura de pequeñas historias extraordinarias que están por ahí volando de voz a voz y que merecen no ser olvidadas por el inexorable tiempo.

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